Bueno acá un cuento que les dejo a ustedes decidir el género al que
pertenece. Por si no lo sabían algunas orquídeas tiene hojas que imitan la
forma, el movimiento y hasta incluso el olor de las hembra de las avispas. Los
machos engañados, pero enamorados copulan con estas hojas
"mentirosas" en vano solo para llevarse pegados a sus cuerpos el
polen. Triste y cruel pero efectivo.
Lagrimas de orquídea.
Con Julián cultivábamos una amistad germinadora de envidias. Una de esas amistades de corta duración pero de grandes hechos. No recuerdo con precisión cuando comenzó nuestra amistad, el día exacto, pero si recuerdo que era agradable.
De esas amistades que se forman cuando dos personas comparten un trabajo y parte del día. Julián era mi mejor amigo. Y siempre lo será. Puede ser que a muchos les cueste digerir esta historia. Especialmente por lo ingrato de sus complicaciones y el hecho de suceder, en gran parte, dentro de un bar. Exactamente un pequeño café sobre Moreno a mitad de cuadra entre 9 de julio y Tacuari. En realidad aquel café era el punto de reunión entre nosotros dos; donde solíamos desayunar o tomar un cafecito antes de acceder a nuestras obligaciones en la empresa. Donde leía el diario. Donde escuchaba un poco de música o las noticias por la radio. Donde, en definitiva, el murmullo de las mesas y el movimiento interno te moldeaban; te transformaban de una persona común a un autómata cosmopolita.
6 de junio de
1995...:
Aquel día en
especial me senté mimando la ventana del bar. Me fascinaba arrimarme al vidrio
y chismorrear a través de los onerosos ventanales mientras desayunaba. El bar estaba
vacío, saciado de aroma a café recién molido y a medialunas. El día común. En
la radio sonaba Fito Paez acaramelado "Te
vi juntabas margaritas del mantel", y empezaba a añorar el amor. Por
suerte apareció Pablo, el mozo, trayendo junto con el café el diario del día.
Lo leí casi en su integridad empezando por las páginas policiales. Julián no
aparecía. Por un momento pensé que lo habían enviado a la aduana a controlar un
embarque de esos que necesitas días de cuarenta horas para terminarlos, y yo
sin enterarme. Pero al fin apareció; hasta ese día nunca me había fallado. Lo
sentí a través del ventanal anticipando su entrada. Ingresó en el bar y se
dirigió directamente hacia mí saludándome con una alegría infinita. Parecía
saludar hasta a las mesas vacías y hubiera jurado que estas le respondían.
- Hola, ¿Qué
haces?… ya me estaba yendo, ¿Te pasó algo? ¿Me perdí de algo? - le pregunte
- No qué me va
a pasar Carlos. Qué más le puedo pedir a la vida. Ganó boca, tres goles y uno
del Beto Marcico nada menos - Pidió un café y se sentó rechinando la silla - Y
eso no es todo, dejame terminar y ya vas a ver. Te acordás que el sábado no
salí, que me quede en casa y vos te enojaste por que no te acompañe: bueno...
gracias a dios que no fui.
- Porqué ¿Conociste
alguna chica?
- Pucha que tenés
la idea fija en las mujeres. Pero si, esta vez estas en lo cierto y no es una
chica cualquiera es una mujer bárbara. No sé cómo decírtelo, es fantástica, no
tiene nada desperdiciable. Dulce, alegre, inteligente, linda y sobretodo...
- Una hoguera
de pasión.
- Uff... ¿Pero
sabes lo que más me mató de ella?...
- Ni idea. ¿Los
ojos?
- Si… claro…
como si te interesaran los ojos de una mujer a vos… - me contestó riendo, no le
alcanzaba la elasticidad de los labios para reírse – Pero si, tiene unos ojos
hermosos, sin embargo no fue eso. Después de tener una noche como los dioses me
preguntó mi fecha de nacimiento y me aseguró que nuestro encuentro ya estaba
prefijado por las estrellas.
Llegó su café.
Julián tomo un sorbo y miró hacía la calle con aire de enamorado, como buscando
las palabras en la leve brisa que se había levantado.
- El destino
¿Entendés?... No es fantástico... ¿Con el destino de tu lado qué problemas
podes tener?
En algo tenía
razón Julián: con el destino de tu lado la mitad de los problemas los tenés
resuelto; pero la otra cara de la moneda es "cara" justamente. Es el
único lado de la moneda que tiene personalidad, que tiene vida.
Y si dejas que
el destino respire con absoluta libertad sobre tu existencia.
Jueves 8 de junio...:
Julián llega
al bar con el rostro desfigurado por la alegría. La felicidad le tapaba los
ojos como los caballos de los Mateos de Plaza Italia, con esos cueros a los
costados de los ojos que solo le permiten ver hacia delante, como si nada
existiera más que el deber o el placer de la ignorancia. Recorrió las mesas sin
sentirlo, esquivándolas, como sobando las baldosas. Cuando tenemos un mal día,
inconscientemente, solapadamente, chocamos las sillas o las mesas esperando que
algún desconsiderado, con otro mal día, nos increpe y así poder deshacernos por
unos minutos de la rabia acumulada. Cuando todo va bien caminamos como ciegos,
pero sobre un sendero de rosas.
Ese día el bar
se encontraba repleto (una constante de los jueves) y el humo de los
cigarrillos se había adueñado del recinto. Julián por fin llegó; yo estaba
sentado en una mesita cercana al baño del fondo y las miradas de casi todos los
clientes del bar corrompieron mi intimidad. Es sorprendente notar como la gente
adquiere envidia a raudales al compartir el espacio con un ser humano feliz. Te
miran como asesinos seriales; por suerte Julián se sentó de espaldas y sus
omoplatos eclipsaron el asedio envidioso. Lo primero que hizo al sentarse fue
entregarme unas hojas cargadas de dibujos y letras inentendibles. Pablo se
acercó con la bandeja de metal bajo el brazo; Julián pidió un café y pagó el
mío. Tamaña consideración me tomó por sorpresa y en agradecimiento implícito
observé desconcertado las hojas.
- Es mi carta
natal. - agregó - Me la hizo María Inés. Mi novia. Es fantástico. Mira, te
explico
Y Julián se
arremango la camisa y estuvo media hora hablando de casas extrañas, planetas y
soles. La conclusión destilada no podía ser más atrayente. Julián y su dama, (según
las estrellas y la configuración de los planetas), estaban destinados a
permanecer juntos hasta la muerte. Como si el universo los hubiera casado antes
de nacer.
- Es la mejor
noticia que escuche en los últimos años. - me dijo - Ella es sensacional. Es la
mejor. Es única.
- ¿No se te va
un poco la mano?... digo... no hace ni una semana que la conoces.
- Pero es como
si la conociese de mil años. Es difícil de entender para alguien que nunca se
enamoró, pero es así.
Por supuesto
no me cayó nada bien eso de " alguien que nunca se enamoró ", pero no
dije nada para no coartar su reciente felicidad. En las charlas con Julián
nunca pude enhebrar una imagen física de María Inés. Hablaba con una reverencia
inadmisible sobre las bondades espirituales de ella. Hasta el día de hoy sigo
sin saber explicar con exactitud sus atributos físicos. Nunca la vi. Ni en
fotos. Eso sí, si alguien me preguntaba en aquellos días cómo era, la
contestación instantánea hubiera sido: " es una diosa"
Con Julián
quedamos en vernos el lunes. Esa noche iría a dormir a la casa de María Inés y
no podía asegurarme si el viernes vendría al café.
El lunes 12 no
vino al bar y tampoco el martes.
Miércoles 14 de junio:
Titular del diario El tribuno
Una mujer de
30 años fue encontrada incinerada viva en el living de su casa. La joven,
determinado luego de las pericias policiales, de mediana estatura y no menos de
100 kilos de peso: fue hallada maniatada a una silla en el living de su
departamento en Acuña de Figueroa y Díaz Vélez. Su novio, el piromaniaco del
cual no se dio a conocer el nombre, fue hallado también con un disparo en la
cabeza calibre 22, que luego de haber quemado viva a su amante se suicidó en el
baño del departamento. Al parecer un vecino de enfrente observó desde la
ventana de su casa las llamas y el humo negro que despedía el cuerpo de la
víctima. Después de lograr abrir la puerta con ayuda del portero del edificio y
abrir las ventanas para poder respirar: hallaron el cuerpo de la mujer
carbonizado, e irreconocible en el suelo en actitud de púgil y hallaron a su
novio con la cabeza destrozada y sumergida en el inodoro manchado en
sangre. Según las palabras del portero,
el hombre no parecía un asesino sino todo lo contrario tenía buen carácter y
era amable incluso con los vecinos y se lo veía enamorado de la joven..............
El café me
sabía amargo ese día; nada podría diluir el fastidio que me sobraba. Uno de los
negocios que perseguí con parsimonia durante los dos últimos meses se había
dado vuelta como por arte de magia. No sufría por las comisiones perdidas sino
porque, aquel cliente, me habría acercado un nuevo rubro en materia de
exportaciones. Para adicionarse a los males del día: Julián llegó al bar como
si fuera el único sobreviviente de un terremoto. Entró cabizbajo y contrito,
embutido en un sobretodo negro y una titánica bufanda al tono; esquivó las
otras mesas del bar como si fuera otra persona; tangencialmente diferente al Julián
de la semana pasada. Como si hubiera peleado en Malvinas. O lo hubieran
retenido en Congreso por la marcha de los jubilados. Hasta Pablo lo notó
cansado y fue él, precisamente, quien le preguntó qué le sucedía. Se sentó sin
alivianarse de ropa y sin pedir café. Con la vos baja y angustiada empezó a
contar sus vivencias del fin de semana. Al parecer habían ido con María Inés a
visitar al padre de ella que vivía en Quilmes. María Inés no veía a su padre desde
hacía un mes y Julián ni siquiera lo conocía, pero a la hora de verlo el padre
falleció.
- Cerró los
ojos y se murió. - dijo Julián - así nomás.
El hombre de
setenta años estaba agonizando desde hacía más de dos semanas atrás y María
Inés sufría porque no se había enterado del padecimiento ni del sufrimiento de
su padre y especialmente porque tampoco pudo hacer nada para salvarlo.
- El viejo, -
dijo Julián conmocionado - esperó a verla para morirse. No hay otra explicación
posible. Nos saludó sonriendo y en el segundo que nos retiramos para sacarnos
los abrigos: murió. Fue terrible, un fin de semana terrible. Hacía años que no
me angustiaba de esa manera
- ¿Y María
Inés? ¿Cómo está? ¿Está bien?
- ¡Que!...
parece un zombi. Le va a costar mucho recuperarse. Tendrías que haberla visto
tirada sobre la cama llorando a lágrima tendida como si llorara el cielo. Nunca
vi llorar a una mujer así. Te juro que la situación me apaleó casi tan fuerte
como cuando falleció mi padre, como si lo conociese de años al viejo. Enrique
se llamaba.
Esa fue la
razón por la cual Julián faltó el lunes y el martes. Es comprensible. Yo no
pude resistir la tristeza y el abatimiento que apresaba a Julián. Es
extremadamente dificultoso no hacerse participe del martirio de un amigo.
Durante el jueves y viernes lo vi en cuenta gotas; acordamos que el sábado iría
hasta su casa y conocería de una vez por todas a María Inés.
- A ella le vendrá
bien un poco de amistad y un respiro de esas emociones negativas. - Dijo
entusiasmado Julián. La charla terminó en ese momento sin ningún epilogo. Por
un instante intenté refugiarme en la música de la radio del bar y en el aroma a
desinfectante del baño. Pero no duro mucho. Pablo cambió el tema de Charly
García "yo solo tengo una pobre
antena", por las noticias.
Lunes 19 de
junio...: El fin de semana concluyó sin tener noticias de él. Yo esperaba su llamado
con impaciencia. Cada vez que el teléfono sonaba corría confiado a atender
esperando escuchar su vos. Lo había notado desahuciado por el fallecimiento del
padre de María Inés y deseaba ayudarlo. Esa era la base primordial de mi
impaciencia. La premura de ayudar a un amigo en problemas. Me extrañó
cuantiosamente la falta de su llamado. No era persona de tratar sus citas con
irresponsabilidad, yo lo conocía bien. Curiosamente, en contrapartida, en la
oficina, a María Inés la llamaba casi cuatro veces al día.
- Ella me lo
exige. Si no llamo es capaz de no hablarme.
En esos
momentos aquella no me pareció la verdadera razón.
Cuando entró
al bar no saludó a nadie. Su actitud de romper con las costumbres inherentes a
su amable personalidad estaba tornándose insoportable. Pablo me miró
furtivamente desde la barra preguntándome "¿Qué le pasa?". Pero no
supe como contestarle. Julián se sentó. Habló y se retiró sin desayunar. Sobre
el plantón del fin de semana no desembolsó explicaciones, como si jamás
hubiéramos acordado nada. Pero quedamos en ir al cine el jueves. María Inés elegiría
la película. Por supuesto, inocentemente, me lo creí.
Durante el
dimitir de la semana no nos vimos. Quizá debería haberme hecho una carta natal
para prevenir el momento justo de encontrarnos pensaba. Cuando yo entraba en la
oficina él estaba afuera o viceversa. Lo curioso era que no atendía el Celular
y es imposible mantener este trabajo sin comunicarse.
Jueves 22 de junio...:
Esperaba ver una nota de Julián o algún recado entre los conocidos. Es
fastidioso desconocer la situación en la cual está inmerso tu mejor amigo. No
saber si está enfermo, o loco o siquiera si come. Su actitud de levedad hacia
mi persona solo podía deberse a un excesivo enamoramiento o a un sufrimiento
desmedido y una férrea actitud por ocultármelo. Le solicité a Carla (la
recepcionista), que si lo veía le avisara de mi necesidad de hablar con él. No
obstante, fallecida la jornada, cuando los rayos del sol se despedían
entibiados del día, Carla soltó la lengua. La acompañé al subte de avenida de
mayo solícito y ávido de información sobre los avatares de Julián. Caminamos
por Tacuari tomados de la mano con tanta solidez que los transeúntes debían
esquivarnos. Nos mirábamos con simpatía, por un momento supuse que algo mayor
flotaba entre nosotros, pero más tarde descubriría que solamente se trataba de
la simpatía por compartir un mismo problema y nada más que eso.
- Mira...
hablé con Julián. - me dijo acomodándose la cartera - Algo le pasa no lo veo
muy bien últimamente.
-
Felicitaciones Sherlock.
- No, no es
para reírse. No es solo de ánimo que anda mal; me trata mal, me grita, no sé qué
le pasa últimamente se comporta como si fuera otra persona. Como si yo le
hubiera hecho daño.
- Es cierto, a
mí también me trata mal. Como si ya no existiera para él, pero... ¿Te dijo
algo? ¿Te contó algo?
- Es que, en realidad, no me lo dijo exactamente
con estas palabras, pero, por lo que se, la novia no lo dejo arreglar visitas
el fin de semana. Sé que a vos te invitó a su casa... a mí también. Y querés
saber algo más... hoy ella le prohibió ir al cine con vos.
Aquello me
dejó pletórico de indignación y me propuse averiguar algo más sobre la errática
relación entre Julián y María Inés...
Al otro día lo
esperé en el café. No vino. Empero, por suerte, me lo choqué al mediodía en el
ascensor y me dijo:
- No puedo
andar gastando plata todos los días en cafés. Además, tengo cosas más
importantes para hacer.
Un baldazo de
agua fría cayó irreverente sobre mi alma. Por un momento, lógicamente, dudé de
la amistad de Julián. Resistiendo el fin de semana pensé cuanto tiempo hacía
que no íbamos a comer unos panchos a Corrientes y Diagonal. Ni siquiera
recordaba ya si alguna vez habíamos estado juntos. Y en mi interior se iba
perfilando la afirmación de que lo había perdido como amigo. Pero como su
relación con María Inés era reciente decidí darle otra oportunidad. Ahondando
en el problema recordé su rostro y puedo asegurar: que el brillo entusiasmado
de sus ojos todavía denotaba enamoramiento, sin embargo, un centelleo sombrío
se adivinaba en el fondo de su mirada. Algo sobre María Inés me asustaba.
Lunes 26 de junio...:
No vino al bar. Ni fue a trabajar. La primera vez en tres años. El susto
pasaba, ahora sí, a preocupación.
El martes 27
de junio decidí esperarlo en la puerta de entrada al edificio. Últimamente se
estaba escapando o una mano desconocida y conspiradora nos separaba. Sabía que
aquel martes debía venir a la oficina antes de ir a la aduana y lo esperé
durante media hora en la puerta del edificio soportando el frío y la mirada
indiscreta de los sobretodos, gabardinas y bufandas que desfilaban como fantasmas,
pero no apareció. Entré derrotado en la oficina y Carla me comentó que Julián
había estado en la oficina bien temprano. Lo supo por una nota de él que tenía
entre las manos. Me pareció imposible, pero leí la nota.
Carla
hoy no vengo al trabajo. Decile a Carlos que me perdone pero estoy desesperado.
Tengo problemas con María Inés que solo un hombre debe resolver. Y, si podes
pedile a Carlos, si por favor puede terminar él embarqué a Brasil por mí.
Miré su
escritorio: la carpeta del embarque de cuadernos al Brasil todavía yacía ahí,
como un símbolo vivo del descuido. ¿Qué quería decir con "problemas que
solo un hombre puede resolver"? y quién le aseguraba que yo iba a ayudarlo
después de cómo me había tratado los últimos días. No era, acaso, que no podía
andar gastando plata en cafés y tenía cosas más importantes que hacer. Pese a
su hipocresía era mi amigo y a veces los problemas oscurecen la razón y
endurecen el corazón.
Durante esa
semana lo busqué atolondrado por toda la aduana; lo busque en los lugares que
solíamos frecuentar y, esperanzado, atisbaba cada vez que la puerta de la
oficina se abría. Pero fue infructuoso. Cuando por fin lo encontré a mitad de
la semana ni siquiera me prestó atención. Por lo que Carla me contaba, el
escaso tiempo libre lo consumía llamando por teléfono a María Inés como un
perrito faldero.
El mes
sucumbió de la misma manera que antes. Como si yo no existiera. Ahogado de
presunciones.
Martes de 4 julio:
Titular del diario El tribuno
Fue muerto a balazos en un
tiroteo con la policía en Villa Marteli el asesino y violador de "la
bañera". El resonante caso del asesino de la bañera que había violado a su
novia y después la ahogó en la bañera sumergiéndola en amoniaco fue encontrado
en un taller de autos clausurado de Villa Marteli. Una joven, la mejor amiga de
la víctima, dio las pistas para hallarlo "se lo tenía merecido", dijo
esta. "Ella no se merecía una cosa así". Entre las pertenencias del
hombre, se hallaron fotos de la mujer y ropa interior ensangrentada de la
misma. Un caso de depravación sin igual comentaba el Comisario de la comisaría
27...
Era el colmo;
lo fui a visitar a su departamento el fin de semana y no estaba. Nadie
contestaba. Decidí esperarlo todo el día en la oficina dejando mis tareas de
lado. Apareció a última hora y no se pudo librar de mí por mucho que lo
intentó.
- Bueno… si
querés hablar conmigo acompáñame. - me
dijo enojado.
Mientras
caminábamos yo le hablaba y el no salía de sus cavilaciones internas. Lo
curioso fue que no fuimos hasta el subte de Avenida de Mayo sino, hasta
Venezuela, donde se trepó a un colectivo de la línea dos y sin prestarme
atención me gritó desde los estribos:
- Me mude,
mañana te doy la dirección.
No me la dio
por supuesto. Supe por Carla que María Inés abandonó su departamento pues los
últimos 6 meses se vio imposibilitado de pagar el alquiler. Mi hastío hacia
toda esta situación anodina ya alcanzaba ribetes de incontrolables. No me soportaba ser alejado de esa manera por
un amigo. No podía soportar que Carla supiera más de él que yo. Mi paciencia
había superado los límites estipulados para amigos abandonados.
Durante esa
semana decidí no hablarle; al fin y al cabo ¿Quién se creía que era? Ya me va
necesitar me decía, lo voy a aniquilar con la indiferencia. Pero no me fue tan
fácil. Para colmo, a diferencia del mes pasado, estuvimos encerrados en la
oficina. Tanto ambicionar verlo y ahora, sin desearlo, no podía apartar su
rostro de mártir de mi vista. Cuando lo observaba una ola de repudio me trepaba
por el alma. No hacía más que llamar a María Inés cada vez que podía; entre
cinco y seis veces por hora; y hablaba con una circunspección inaudita, tapando
el auricular del teléfono con sus manos como si se tratara de un traficante. Al
observarlo detenidamente descubrí algo que me asustó. Como la calefacción de la
oficina estaba encendida durante todo el día y la temperatura, por momentos, se
tornaba sofocante: Julián se había arremangado la camisa hasta los codos y pude
ver en su piel una serie de magullones y cicatrices características de golpes
violentos. Otro día, mientras se desabrochaba la corbata, noté, esforzándome,
cicatrices y golpes en el pecho.
Temí lo peor. Él
no me dirigía la palabra. Pero me miraba cuando yo bajaba la vista. Presentí
que su mutismo no era por odio hacia mí. Todo lo contrario, por el rabillo del
ojo dilucidé, en su mirada insidiosa, que no acudía a mí por miedo. Estaba casi
seguro de eso. No sé si en ese momento mi imaginación adulteraba pero me pareció
oír protestas suyas cada vez que apoyaba la espalda en el sillón, y hacía
malabares para escribir sin apoyar el codo.
Pero el viernes
superó todos los horizontes… tenía la oreja (a mi parecer) mordida.
- No te
preocupes, es que últimamente tenemos sexo descontrolado - me dijo ensayando
una falsa sonrisa.
No le creí por
supuesto.
Consumí otra
semana sin verlo. Pero el Miércoles 12, justo cuando Pablo me preguntaba en el
bar sobre los pormenores de la vida de Julián. Apareció. A los dos nos tomó por
sorpresa. Se sentó protestando como si le atormentara la espalda. Su presencia despedía un olor rancio, mezcla
de transpiración y miedo. Sus primeras palabras, casi al unísono con el
resoplar del acolchado de la silla, fueron sobre su ferviente deseo de
separarse de María Inés. Y sobre su invalidez para lograrlo.
- Pero ¿No
estabas enamorado? - le cuestioné
- Es que no la
conocía a fondo... si, ya sé, vos me lo dijiste, pero no me esperaba esto.
Podría soportar cualquier arranque de ella; sigue siendo la mejor, pero que me
pegue, que me lastime. No. Es imposible.
- ¿Te pega? ¿Cómo
que te pega? Pero… y vos ¿No te defendés?
- Se me hace
imposible pegarle a una mujer.
- Pero cuando
una mujer te pega automáticamente deja de ser una mujer Julián...Vamos me vas a
decir que no podes detenerla al menos.
- Entendeme:
no vine a verte hasta acá para que vos también me sermonees o me culpes. Aparte
ella controla todo en mi casa; me deja sin comer o me esconde la ropa. Tiene
todas mis cosas guardadas en los armarios y los cierra con candados. Cada vez
que necesito algo debo solicitárselo casi de rodillas.
- Pero si son
tuyos los armarios. ¿Qué es?... ¿el servicio militar?
- No sé cómo
sucedió todo, ella es muy inteligente, demasiado, hizo todo paulatinamente. Fue
tomando control de mis cosas sin que yo me diera cuenta. Nunca pude decirle que
no a nada; me es imposible. Lo peor es que todavía la amo. La necesito. Su
cuerpo me... no es como decirlo... me denigra. Controla mi carne a su antojo.
Estoy desesperado ¿Cómo hago para dejarla?
Embozado por
la sorpresa lo único que atiné a decirle, aunque para el solo sería un placebo,
fue que lo iba a pensar. Le pedí tiempo. Advertí su premura y me aventure a
asegurarle una certera opinión al otro día. Le ofrecí mi casa por si deseaba
pasar la noche tranquilo. Pero se negó.
- No podría
dormir sin ella - Me aseguró con los ojos inundados de lágrimas.
Y yo no pude
pegar un ojo durante toda la noche.
Jueves 13...: No
lo vi. Faltó durante una semana. No sabía dónde vivía ahora, tampoco sabía qué
le estaba pasando, ni hasta donde llegaba su desdicha. Podía estar muerto o
agonizando tirado en una zanja. Quizá se había ido del país. Pero lo más
demoledor para mi alma era su ausencia y su negación a llamarme. Nadie sabía
nada de él. La tierra se lo había tragado dejando solamente un fantasma de dolor
y desconcierto.
Jueves 20...: Llego
al bar y me encuentro con la sorpresa: Julián había estado por la tarde del
miércoles y había dejado una carta para mí. Pablo me la entregó amilanado. Para
mi sosiego la carta estaba cerrada y difícilmente alguien podría copiar la
letra borracha de Julián y cambiarla. En esos momentos los acontecimientos me
trastornaban y me llevaban a desconfiar de todo el mundo.
Buenos Aires martes 18 de julio de 1995
Querido amigo Carlos:
Disculpame que te escriba esta carta, pero no puedo venir a verte. Me
fue imposible llamarte, y mucho menos comentarle o dejarle la carta a la
recepcionista esa que es una chusma de profesión. Voy a dejar el trabajo. Qué
voy a hacer realmente no lo sé con precisión. Solo sé y, grabátelo bien, que a
María Inés no la soporto más. Me tiene harto. No te imaginas las cosas que me
hace, seria perder tiempo relatarlas. Ya vamos a tener ocasiones para
contártelas cuando vaya algún día de visita al bar o a tu casa. Porque... ¿Vamos
a seguir siendo amigos aunque deje la oficina? ¿No? Espero me perdones los
malos tratos. Por momentos sueño que María me asesina. Tengo miedo que me mate.
Por las noches duermo con un ojo abierto a la expectativa de sus movimientos.
Es peligrosa. No sé qué hacer, si avisar a la policía o irme o adelantarme.
Adelantarme a su jugada sería lo más acorde. Esta es mi casa. La compré con la
venta de la casa de mis padres. Por nada del mundo pienso claudicar a sus
pretensiones; si el quedarse con la casa es una de sus ambiciones al tratarme
así. Ni loco. Pienso (cuando puedo) que su pretensión capital radica en
arrebatarme la cordura, nada más que eso. Volverme loco. Estoy atado
sexualmente a ella. Es difícil de explicar pero es así. El otro día intenté
cortarme los testículos. Por suerte ella tiene escondido todos los elementos
cortantes. No sé si por miedo a que yo le haga daño o para no hacérmelo ella a mí.
No te doy la dirección de mi nueva casa porque conozco lo impulsivo que sos y sé
que te vendrías en cualquier momento. Además de no saber lo que serias capaz de
hacer María Inés. Entendeme, es peligrosa. Bastante tiene ya con arruinarme a mí.
Un hombre merece arreglar sus problemas caseros solo. Disculpame. Por momentos
pienso en liberarme de ella, pero soy débil para hacerlo. No te molesto más con
mis problemas.
Tu amigo por siempre Julián.
Eso de
"amigo por siempre" me sonaba utópico. Si en algún momento de toda
esta situación experimenté desconfianza: ahora sentía pánico. Pablo estaba parado
a mi lado mientras leía la carta y me preguntó.
- ¿Qué le está
pasando a Julián? si lo hubieras visto; estaba todo despeinado, sin afeitar.
Será que no estoy acostumbrado a verlo sin traje, pero parecía un pordiosero.
Me asustó y se lo dije.
- A mí también
me asusta y qué te contestó.
- Que los
pordioseros no asesinan. Solo se dejan morir...
Tres días
después me llamó desesperado, por teléfono, a las cuatro de la mañana a mi
departamento. No se le entendía bien. Respiraba como si no quedara más aire en
el mundo. Me pedía por favor que fuera hasta su casa a sacarlo. “Vení por
favor... vení a salvarme sacame de este infierno"; esas fueron exactamente
sus desequilibradas palabras. Como no podía hablar mucho, inmediatamente me dio
la nueva dirección. Me vestí apresurado como escapando de un terremoto o un
incendio. El corazón galopaba dentro de mi tórax. Antes de salir tomé un
cuchillo del cajón de cubiertos (él más afilado) por si acaso. Cuando esperaba
el ascensor sonó el teléfono y volví corriendo presintiendo que no podía ser
otro que Julián. Era él llorando; cancelando todo. Ya había arreglado sus
problemas y al otro día nos encontraríamos en el bar. Al principio me alegré.
Fue todo tan rápido. Después me acosté preguntándome en qué clase de locura
estaba metiéndome y qué pretendía hacer con ese cuchillo.
Al otro día
(lunes 24) lo esperé. Lo esperé y no apareció. Ya no me causaba tanto
resentimiento como antes esperar que salga el ratón de la cueva de la culebra
sin resultado.
El miércoles,
como tenía la dirección de su departamento (un décimo piso en flores, en la
Calle Terrada) y no pude dormir de los nervios, decidí ir a visitarlo. Tenía el
valor y se trataba de mi amigo. Tomé un taxi en Rivadavia y Cerrito. Los
edificios, las casas, la gente, las calles desfilaban entre mis ojos pero las
imágenes no alcanzaban a mi mente. Llegamos a Terrada y doblamos. Recorrimos y
recorrimos Terrada pero él número que me había dado Julián no existía. Y nadie
conocía un joven con sus descripciones. Es más: directamente no había
construcción de más de siete u ocho pisos por Terrada desde Rivadavia hasta
donde me alcanzaba la vista.
Agosto de
1995...: La vida puede tornarse difícil con todos estos problemas. Máxime
cuando se trata de un amigo. Durante la primera semana de agosto sé que Julián
me llamó. Nunca hablamos, pero estoy seguro de su respiración por el teléfono.
Era él; llamaba y cortaba. A veces lloraba, lloraba como un niño gimiendo de
dolor o respiraba exageradamente. También recibí esos misteriosos llamados en
la oficina. Solicitaba mi ayuda sin darme tiempo a pedir explicaciones. Eso
cuando me encontraba. Cuando yo no podía atenderlo dejaba recados de su
llamado. Miraba su escritorio vació y lo veía ahí; tan simple su vida antes de
junio; tan alegre. No hacía más de un mes que se la pasaba llamando a María
Inés casi cinco veces al día. Es increíble cómo se le derrumbó la existencia al
pobre.
El viernes 4
llegue a la oficina por la tarde, cansado, para cobrar el aguinaldo y me
encontré con la grata y extraña noticia de que Julián había aparecido y
volvería a trabajar con nosotros en un par de días. Había explicado a los
dueños sus problemas y estos lo entendieron y retomaron. Una alegría infinita. Julián
de vuelta en la oficina y de vuelta la amistad. Solo mediaba un fin de semana
de por medio. Ya tendríamos tiempo de hablar sobre lo sucedido.
Lunes 7 de
agosto:
Julián vino al
café repleto de felicidad.
- Ya está,
arreglamos todo. Ella entendió que yo la amaba. Y yo bueno... llegamos a un acuerdo.
- Pero vos me
dijiste que te pegaba, que no te la soportabas y no sé qué otras cosas más.
- Es cierto,
vos sabes cómo son estas cosas: cuando andas mal decís de todo sin pensarlo. Es
más, si te separas, enseguida olvidas los momentos de felicidad y pensás que
fue lo peor que te paso en la vida. Pero llegamos a un acuerdo. No hay nada más
que eso. El amor lo puede todo.
Por supuesto
toda aquella inmediatez no me cerraba. Julián aparecía ahí tratando que yo
olvidara en un santiamén los nervios pasados.
- Borrón y
cuenta nueva ¿Te parece bien?- dijo.
Y así fue:
todo cambio para él. Increíblemente, en un suspiro, la vida paso de terrorífica
a agradable. Era el mismo Julián de siempre. Íbamos al café y trabajaba como
nunca. Incluso con María Inés todo marchaba de maravillas. El la llamaba, no
con la misma avidez de antes, pero si dos o tres veces al día y siempre
discutían, por celos. Las parejas constantemente discuten por celos. La mayoría
de las veces estos son fingidos. Una forma de demostrarse amor.
Todo ideal
hasta que un Martes, y lo recordare eternamente, mientras Julián hablaba por
teléfono con María Inés, Clara me llamó desde el escritorio de uno de los jefes;
cuando entré cerró la puerta y me dijo: "Mirá, escuchá". Al
principio, cuando la vi con el teléfono en la oreja, me disguste. A nadie le
gustaría que lo escucharan sigilosamente desde otro tubo cuando habla por
teléfono, como si fuera un espía nazi. No quise escuchar; Julián no se lo
merecía, empero, al final, cedí.
Fue el peor
error de mi vida. Realmente hubiera preferido las cosas como estaban y no el
enterarme que Julián hablaba solo. Sí. Solo. Escuchaba su vos charlando con
María Inés pero nadie le contestaba. Nadie decía nada en sus pausas.
Únicamente se
escuchaba la insistencia mecánica y monótona del ocupado
Las mentiras
tienen patas cortas, decía mi madre, pero a veces es mejor dejarlas caminar
enanas digo yo.
Lágrimas de orquidea por Daniel Ramon La Greca se distribuye bajo una Licencia Creative Commons Atribución-NoComercial-SinDerivar 4.0 Internacional.
..y quedo en suspenso,muy bueno,..pobre Julian
ResponderBorrarBien, gracias por comentar Liliana, y mucho mas por leer mis escritos. Muchas gracias.
ResponderBorrarAy no que buena está, la leí de corrido y luego el suspenso, que pasó realmente: lo dejó, la mató
ResponderBorrarGracias Lily Acevedo por comentar. La idea es que cada uno piense lo que le parece. Para mi, nunca existió.
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